jueves, 4 de octubre de 2012

TESTAMENTO




JÓVENES QUE QUERÉIS SER LOS SACERDOTES DE LA BELLEZA, ACASO OS GUSTE ENCONTRAR AQUÍ EL RESUMEN DE UNA LARGA EXPERIENCIA

Amad devotamente a los maestros que os precedieron.

            Postraos ante Fidias y ante Miguel Ángel. Admirad la divina serenidad de uno y la feroz angustia del otro. La admiración es un vino generoso para los nobles espíritus.
            Guardaos no obstante de imitar a vuestros mayores. Respetuosos de la tradición, sabed reconocer lo eternamente fecundo que ésta encierra: el amor a la Naturaleza  y la sinceridad. Éstas son dos fuertes pasiones de los genios. Todos han adorado a la Naturaleza y ninguno ha mentido nunca: Así la tradición os ofrece la llave con la que os evadiréis de la rutina. Es la misma tradición la que os recomienda interrogar sin cesar a la realidad y la que os prohíbe someteros ciegamente a ningún maestro.
            Que la Naturaleza sea vuestra única diosa.
            Tened en ella una fe absoluta. Estad seguros de que jamás es fea y limitad vuestra ambición a serle fieles.
            Todo es bello para el artista, ya que en todo ser y en toda cosas su mirada descubre el carácter, es decir, la verdad interior que se transparenta bajo la forma, y esta verdad es lo belleza misma. Estudiad religiosamente: no dejaréis de encontrar la belleza, porque encontraréis la vedad.
            Trabajad con obstinación.

            Vosotros, escultores, fortaleced vuestro sentido de la profundidad. El espíritu se familiariza difícilmente con esta noción. Sólo se representa claramente las superficies. Le resulta muy arduo imaginar las formas en su espesor. Sin embargo ésta es vuestra tarea.
            Antes de nada estableced claramente los grandes planos de las figuras que esculpáis. Acentuad vigorosamente la orientación que deis a cada parte del cuerpo, a la cabeza, a los hombros, al abdomen, a las piernas, El arte exige decisión. Por medio de la fuga muy acusada de las líneas es como os hundís en el espacio y os apropiáis de la profundidad. Cuando vuestros planos quedan establecidos todo está resuelto. Vuestra estatua vive ya. Los detalles nacen y se disponen a continuación por sí solos.
            Cuando modeléis no penséis nunca en clave de superficies, sino de relieve.
            Que vuestro espíritu conciba toda superficie como la extremidad de un volumen que la empuja desde atrás. Figuraos las formas como orientadas hacia vosotros. Toda vida surge de un centro, ya que brota y se expande de dentro hacia fuera. Del mismo modo en la buena escultura se adivina siempre un pujante impulso interior. Éste es el secreto del arte antiguo.
            Vosotros, pintores, observad también la realidad en profundidad. Mirad, por ejemplo, un retrato pintado por Rafael. Cuando este maestro representa un personaje de frente, hace que el pecho fugue oblicuamente y así es como obtiene la ilusión de la tercera dimensión.
            Todos los grandes pintores exploran la profundidad del espacio. En la noción de espesor reside su fuerza.
            Acordaos de esto: no hay trazos, sólo hay volúmenes. Cuando dibujéis no os preocupéis nunca del contorno sino del relieve. El relieve es que determina el contorno.

            Ejercitaos sin descanso. Tenéis que mataros a trabajar.

El arte sólo es sentimiento. Pero sin la ciencia de los volúmenes, de las proporciones, de los colores, sin la destreza de la mano, el sentimiento más vivo queda paralizado. ¿En qué se convertiría el mejor poeta en un país extranjero cuya lengua ignorara? En la nueva generación de artistas hay multitud de poetas que, por desgracia, se niegan a aprender a hablar. Así que no hacen más que balbucear.
¡Y mucha paciencia! No contéis con la inspiración. No existe. Las únicas cualidades del artista son la sensatez, la atención, la sinceridad y la voluntad. Realizad vuestra tarea como honestos obreros.

Vosotros, jóvenes, sed veraces. Pero eso no significa: sed fieles al plano. Hay una exactitud elemental: la fotografía y el molde. El arte sólo comienza con la verdad interior. Que todas vuestras formas, todos vuestros colores, traduzcan sentimientos.

El artista que se contenta con el trampantojo y reproduce servilmente detalles sin valor nunca será un gran maestro. Si habéis visitado algún camposanto en Italia, habréis observado sin duda con qué puerilidad se dedican los artistas encargados de decorar las tumbas a copiar en sus estatuas bordados, encajes y trenzas de pelo. Son casi exactos. Pero no son verdaderos ya que no se dirigen al alma.

Casi todos nuestros escultores se parecen a los de los cementerios italianos. En los monumentos de nuestras plazas públicas sólo se distinguen levitas, mesas, veladores, sillas, máquinas, globos, telégrafos. Ninguna verdad interior, nada artístico entonces. Horrorizaos ante esta prendería.

Sed ferozmente verdaderos. No dudéis nunca en expresar lo que sentís, incluso cuando os encontréis en oposición a las ideas recibidas. Puede que no seáis comprendidos al principio. Pero vuestro aislamiento durará poco. Pronto os llegarán los amigos, ya que lo que es profundamente verdadero para un hombre lo es para todos.
Sin embargo nada de muecas ni de contorsiones para atraer al público. ¡Sencillez, inocencia!

Los temas más bellos están delante de vosotros: son los que conocéis mejor.

Mi muy querido y grande Eugène Carrière, que nos dejó tan pronto. Mostró su genio pintando a su mujer y sus hijos. Le bastaba celebrar el amor maternal para ser sublime. Los maestros son los que miran con sus propios ojos lo que todo el mundo ha visto y saben percibir la belleza del que es demasiado habitual para los otros espíritus.
Los malos artistas se calzan siempre gafas ajenas.
La clave está en emocionarse, amar, anhelar, estremeces, vivir. ¡Ser hombre antes que artista! La verdadera elocuencia se burla del arte. Vuelvo ahora al ejemplo de Eugène Carrière. La mayor parte de los cuadros de las exposiciones no son más que pintura: los suyos parecían, en medio de los demás, ¡ventanas abiertas a la vida!

Aceptad las críticas justas. Las reconoceréis fácilmente. Son las que os reafirmarán ante una duda que os asedia. Que no os hagan mella aquellas que vuestra conciencia no admira.
No temáis las críticas injustas. Soliviantarán a vuestros amigos. Les forzarán a reflexionar sobre la simpatía que os tienen y que pregonarán más resueltamente en cuanto comprendan mejor sus motivos.

Si el vuestro es un talento nuevo, tendréis al principio pocos partidarios y una multitud de enemigos. No os desaniméis. Los primeros triunfarán, ya que sabrán por qué os quieren; los otros ignorarán por qué les sois odiosos; los primeros serán apasionados de la verdad y reclutarán para ella sin cesar nuevos prosélitos: los otros no mostrarán ningún celo duradero para con su falsa opinión; los primeros serán tenaces, los otros girarán al primer viento. La victoria de la verdad es segura.
No perdáis el tiempo en establecer relaciones mundanas o políticas. Veréis a muchos colegas llegar por medio de la intriga a los honores y a la fortuna: no son verdaderos artistas. Algunos de ellos son, no obstante, muy inteligentes y si os empeñáis en luchar contra ellos en su propio terreno, consumiréis tanto tiempo como ellos, es decir, toda vuestra existencia y ya no os quedará un minuto para ser artistas.
Amad apasionadamente vuestra misión. No la hay más hermosa. Es mucho más elevada de lo que cree el vulgo.

El artista da un gran ejemplo.

Adora su trabajo: su más preciada recompensa es el gozo de trabajar bien Actualmente, ¡ay!, se convence a los obreros, para su desgracia, de que odien su trabajo y lo saboteen. El mundo sólo será feliz cuando todos los hombres tengan almas de artista, es decir, cuando todos le tomen afición a su tarea.
El arte es además una magnífica lección de sinceridad.
El verdadero artista expresa siempre lo que piensa aun a riesgo de transformar todos los prejuicios establecidos.
Enseña también la franqueza a sus semejantes.
Ahora bien, ¡imaginad cuán maravillosos progresos se realizarían de una vez se la sinceridad absoluta reinara entre los hombres!
¡Ah! ¡Qué rápidamente se desprendería la sociedad de los errores y las fealdades que habría desenmascarado y con qué rapidez nuestra tierra llegaría a ser un Paraíso!


Auguste Rodin.


(El Arte. Auguste Rodin. Editorial Sintesis)

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